da de todo el que viniese del campo, que era conducido á la Gran Guardia, cuyo
comandante ó le permitía la continuacion de su viage ó lo remitía al cuartel de
Galbez, para que el Coronel se impusiese de lo que sabía ó había visto en la
costa. Por esta causa fueron detenidos á las ocho y cuarto de la noche el pardo
Juan Clemente y el negro Juan, esclavos ambos de don Juan Antonio de Santa
Coloma, quienes, conducidos á presencia del Coronel, le informaron de cuan-
to sabían de los buques ingleses fondeados en la costa de los Quilmes, habiendo
explicado el pardo Juan Clemente con la mayor proligidad y exactitud el núme-
ro de botes que dichos de buques se habían destinado al desembarco de las tro-
pas, los viages que hicieron, las personas que conducía cada bote, el uniforme
de las tropas, la ocultacion de estas en el pajonal, el toque de caja con que salie-
ron de él antes del anochecer para formarse en la plaza, y descargar el arma-
mento y Artillería, con otro pormenor de circunstancias interesantísimas... en
cuyo concepto era el número de las tropas enemigas de mil setecientos á mil
ochocientos hombres... que tenía completa música y que venía á decirle al Virey
que no era cosa de broma...
A las ocho y media de la mañana del 26 se recibió el oficio del señor Sub
Inspector... cuyo tenor se reducía á que nos incorporásemos con él por donde lo
encontrásemos... respecto á que tenía los enemigos á la vista...
Inmediatamente nos pusimos en marcha con la indicada formacion de
colúmna cubriendo nuestra retaguardia la infantería montada al mando de
Terrada.. y con concepto también á que los caballos estaban ensillados y sin
comer había más de treinta horas, y que sabíamos que no había caballadas del
Rey para remudarlos, los caminos estaban algo pesados por las fuertes lluvias de
la noche del 25...
Continuamos nuestra marcha y á los pocos momentos divisamos ya al
enemigo en colúmna caminando... La colúmna enemiga que se componía de los
dos tercios de todo el ejército, traía á su retaguardia en cinco trosos como seis-
cientos á setecientos hombres y cubierta con las primeras filas de vanguardia el
tren que solo se veía cuando abrían flancos para las descargas. El señor Sub
Inspector que estaba situado en un repecho que dominaba el camino carril de los
Quilmes y la llanura ó declive que mira al Cañadon exterior, cuya orilla firme,
en mi concepto, estaba fuera del tiro de su artillería, esperó á que saliesen del
mal paso para atacarlos. Rompió el fuego... se hicieron reconocer las armas que
El Tercio de Gallegos
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