cambio revirtió de inmediato la situación, dejando a los conjurados en
una posición irreversible, con lo cual llegaba a su fin la malograda revo-
lución juntista.
Pero como todavía se mantenían los batallones españoles al pie de
los balcones del Cabildo en ademán de resistencia, Liniers les intimó que
depusieran las armas. Sosteniendo la misma por un amago de carga de los
Patricios, se pronunció la derrota en las filas de los conjurados que se reti-
raron arrojando las armas por las calles o rompiéndolas despechados con-
tra los postes de ellas.
Aquel tumulto -cuyos objetivos y fundamentos coinciden puntual-
mente con los de la Revolución que un año después diera nacimiento a
nuestra Patria- tuvo varias consecuencias. La primera fue una ostensible
división en el panorama político porteño, con una clara pérdida de poder
por parte del Virrey; la segunda -en prevención de una segunda asonada-
fue la resolución de desarmar a los regimientos involucrados (quitarles
sus armas, banderas e instrumentos), y encarcelar a los conjurados -entre
ellos D. Jacobo Varela, Sargento Mayor del Tercio-. La respuesta del
Tercio de Gallegos, como vimos consistió en romper sus fusiles y gaitas
en las columnas del Cabildo, antes que rendir sus victoriosas e invictos
atributos.
Las paradojas y contrasentidos irían más allá de lo imaginable. Esta
revuelta fue severamente reprimida por los regimientos criollos leales al
Virrey Liniers, y encabezados por los Patricios, cuyo Comandante, D.
Cornelio de Saavedra sería precisamente quien un año después encabeza-
rá la Revolución de Mayo que trajera la libertad a estos dominios, con
aquellos mismos argumentos, y quien ordenase la ejecución del propio
Liniers. Por otra parte, el reconocimiento de grados militares para coman-
dantes y oficiales por parte de España, en premio a sacrificios tan loables
a favor de la Corona, llegaba precisamente en momentos en que sus regi-
mientos habían sido desarmados y sus divisas escarnecidas.
La consecuencia más tangible para el Tercio de Gallegos fue su vir-
tual disolución, llevando sus banderas a la Real Fortaleza, donde se colo-
caron junto al retrato del Rey; reafirmando el escarmiento con una deci-
sión que consta en el acta de la Junta de Guerra, suscripta el 16 de mayo
El Tercio de Gallegos
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