amplia nota de gratitud de la autora a la
Sociedad de Beneficencia de los Naturales de
Galicia en La Habana de la que era socia de
honra desde 1872, indica la importancia que a
esta altura había cobrado la presencia gallega en
la isla. El asunto tiene precedentes: En lo orga-
nizativo, la Congregación Gallega del Apóstol
Santiago, nacida en la capital cubana en 1804,
remoto ejemplo de asociacionismo galiciano en
tierras caribeñas, y en lo editorial, el precio que
para su venta en La Habana aparece indicado en
el primer libro gallego de Rosalía. Es decir la
presencia de gallegos en la isla era larga en el
tiempo y comenzaba a ser ancha en el número.
En 1859 había 8.463 naturales de Galicia
viviendo y trabajando en la isla. Esta cifra repre-
sentaba el 10,21% de los españoles allí residen-
tes y se sitúa a bastante distancia de la de los
canarios (38.714) pero prácticamente iguala a la
de catalanes (8.703), que representaba la segun-
da colonia en importancia, y los asturianos
(8.454) que venían en cuarto lugar
11
. Y, nota
destacada, a estas alturas los gallegos eran ya el
grupo más urbanizado pues el 57,92% del total
residía en La Habana y representaban el tercer
núcleo comercial a mucha distancia de los cata-
lanes y a bastante de los montañeses pero por
encima de cualquier otro peninsular o insular
con excepción de los asturianos, que aportan un
número similar (178 y 177 respectivamente). Es
ahí donde hay que buscar las raíces de las gran-
des casas comerciales de Cuba en manos de espa-
ñoles que superan la crisis de la independencia y
configuran lo que va a ser la gran burguesía
comercial habanera de la primera mitad del s. XX
estudiada por Alejandro García Álvarez.
El gallego llegaba a Cuba por la doble vía de la
emigración voluntaria y la emigración forzosa
(servicio militar).
El empeoramiento de la atmósfera política en
Cuba y el comienzo de la Guerra de los Diez
Años iniciada con la Proclama de Demajagua
La segunda mitad del s. XIX ofrece en Galicia un
panorama desolador: Hambres, epidemias, crisis
de subsistencia y atraso económico. Los cuatro
jinetes del Apocalipsis parecían haber convertido
al país en su patio de recreo. No es que con ante-
rioridad las cosas fueran a mejor. Pero el ciclo de
crecimiento económico y demográfico vinculado
al maíz primero y a la patata después, hacía tiem-
po que había llegado a su fin. El proceso de desa-
mortización de los bienes eclesiásticos y de pro-
pios empeoró la situación del campesinado y en
estas circunstancias la única válvula de escape que
se presentaba era la emigración.
Ciertamente Galicia no era, en estos años, la
única tierra de miserias de las Españas. Otras
estaban en parecida o peor suerte.
Probablemente las penurias del campesinado
gallego podían ser consideradas casi vida holga-
da por sus homónimos de Extremadura o de
algunas zonas de Andalucía. Sin embargo el
fenómeno emigratorio no se generaliza por igual
en todo el reino. El Norte tiene, en este caso, el
protagonismo incontestable desde Cataluña
(cada vez con menos presencia) a Galicia (cada
vez con más) a lo que cabe añadir Andalucía
(importante pero casi desconocida emigración),
Castilla la Vieja y Canarias.
El hecho de que ya en 1880 el segundo poema-
rio gallego de Rosalía de Castro se inicie con una
Casas de indianos
20
11 Jordi Maluquer de Motes:
Nación e inmigración: los españoles en Cuba (s. XIX-XX)
. Ed. Júcar-Archivo de Indianos, Colombres,
1992.