Lugar donde se acaba el mundo para la antigüedad

El cabo Fisterra era el umbral del otro mundo, donde el mar se tragaba al sol.
Lugar donde se acaba el mundo para la antigüedad

El cabo Fisterra era en la Antigüedad el extremo del mundo, el umbral del otro mundo, el lugar donde el mar se tragaba al sol, el principio de todos los misterios y adoraciones. Los celtas creían que las almas viajaban justo en esa dirección, rumbo a poniente, y luego los romanos llegaron hasta estos confines para comprobar realmente que sus costas habían dejado todo su Imperio, el mundo entero. Tal es la sensación que aún hoy produce visitar Fisterra, el cabo del mundo. 

Agapito Mendoza es uno de los tres fareros que trabajan en el faro, antes desempeñó la misma función en cabo Vilán (el primer faro de la península con energía eléctrica) y después en Estaca de Bares (el lugar más al norte de España),  por lo que su currículo en mirar mares distinguidos es único. “¿Qué puedo decir yo de este sitio? –comenta-, que es impresionante y que trabajo en un faro emblemático. Me contaron que hace poco, en Brasil, le había preguntado a un gallego emigrante dónde había nacido, y dijo que vivía a cien kilómetros del faro de Fisterra”. A Mendoza le apasiona su trabajo (“llevo media vida, 25 años, como farero”) pero recuerda jornadas muy difíciles: “Hubo situaciones dramáticas con motivo de los temporales como cuando el ciclón Hortensia a principios de los ochenta, que nos obligó a abandonar el faro. Aquí se ha vivido también mucha tensión”.

El faro de Fisterra fue construido en 1853 a 138 metros sobre el nivel del mar. Su luz alcanza los 65 kilómetros y por delante de él desfilan cada año más de 35.000 barcos, una media de unos cien diarios.

(El capítulo completo y más singularidades de Galicia, en el libro Galicia en cen prodixios, de Henrique Alvarellos (Edicións Xerais, 2004))

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