Page 49 - Memorial del ultimo Reino

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Arco da vella: expresión que designa en Galicia al arcoiris. La leyenda cuenta que en el extre-
mo más lejano del arco hay una anciana que cuida una olla de oro
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Copayapu: Nombre indígena de una ciudad de Atacama, norte de Chile, que es hoy Copiapó.
sin término? ¿Se guardarán allí los tesoros “
do arco da vella
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, las incalcu-
lables riquezas escondidas en aquellos arco iris que coronan las eternas
nieves?
Malinga me entregó sin condiciones su callada dulzura en los leja-
nos días de Cuzco. El treinta y uno de enero del año de gracia de mil y qui-
nientos treinta y ocho, nació de ella mi hija Isabel. Según el calendario
incásico, por tanto, debía llamarse ‘Sol’, nombre que entre los quechuas
puede ser femenino o masculino; pero no era cristiana nominación y hube
de bautizarla como Isabel, aunque en nuestra secreta intimidad filial sigo
llamándola ‘mi pequeña Sol’. Fue un difícil parto de muchas horas y la
madre no pudo sobrevivirlo. Me vi obligado a dejar a mi hija en el con-
vento de las mercedarias de Cuzco, con la esperanza de recuperarla cuan-
do cumpliese diez u once años. Es dura la ausencia para un padre, pero no
puede compararse al sacrificio extremo de la madre... Recuerdo cuando
doña Inés de Suárez emprendiera la expedición a Chile con el Capitán
Valdivia. Iba ya de cinco meses de estado, y con grandes quebrantos de
salud que la harían perder, en las durísimas jornadas de Copayapu
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, la hija
que llevaba en sus entrañas, malogrado fruto de sus amores con el ilustre
Conquistador.
Isabel se uniría en matrimonio, en mil quinientos sesenta y tres, con
Martín Ruiz de Gamboa, luego de quedar viuda de Pedro de Avendaño,
con quien casó en Lima antes de partir para Chile, en la primavera de mil
quinientos cincuenta y nueve. Ahora que mi yerno anda en sus descu-
brimientos y trabajos por las tierras del sur, ella nos acompaña, a Inés y a
mí, con su tierna solicitud. Siento su dulce aroma recorrer la casa y evoco
a mi madre en el amatorio roce de cazuelas y vasijas, en el cotidiano mari-
daje del fuego y las especias. La pequeña Inés, mi nieta, bulle por los rin-
cones en sus leves trajines de inocencia. Tiene los ojos de su abuela Elena,
esa mirada que nos renueva la fe en el misterioso hálito femenino de la
tierra.
Memorias del último reino
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