los zorzales chilenos. En el abanico del día derrocha Natura su paz anti-
gua; cuán lejanos parecen los vientos de guerra, allá, en la verde alfombra
del llano, donde aún parpadean las tímidas luces de la ciudad.
Trepan con nosotros las horas y el sol extiende su látigo mañanero
en la lúbrica opulencia del día. Hacemos un alto para merendar. Uno de
los flecheros incas, que es tuerto como el alarife Pedro Gamboa, ha caza-
do una enorme liebre que conforta el frugal refrigerio. Mariño extrae la
bota vasca y el fresco hilillo rojo del vino alivia la fatiga y fortalece el
ánimo. Guacolda me dice que restan cinco horas de marcha, en abrupta
ascensión hacia la helada cuna de los dioses.
Cae el sol en su crepúsculo cuando nos encaramamos en medio de
la nieve. El frío atraviesa las ropas sin piedad. Nos apeamos para aliviar a
las exhaustas cabalgaduras. Mariño de Lobera es el más animoso y no
muestra señales de cansancio. Camina pegado a los yanaconas que trepan
como cabras, tanteando la nieve para no caer en alguna velada grieta,
pues los dioses cordilleranos suelen ser traicioneros...
Con las primeras sombras nocturnales, atenuadas por el blanco ful-
gor, Guacolda señala un negro y escarpado montículo donde no ha logra-
do aferrarse del todo la nieve. –Allí debajo- dice, ahogando su emociona-
do grito. Bajo la roca volcánica encontramos una escondida depresión que
va ensanchándose progresivamente hasta dar con la boca de la caverna,
de unas tres varas de altor. Dentro, la oscuridad se cierra como amena-
zante abismo. Entramos portando sendos hachones que nos revelan milla-
res de estalactitas de hielo calcáreo, ornando una especie de templo fan-
tasmagórico erigido en las entrañas del volcán.
Como si parodiásemos a Teseo, atamos una delgada cuerda de lino
en la entrada de la caverna y nos internamos en su tétrico laberinto, pro-
tegidos por aquel cordón umbilical que nos preserva de extraviarnos en la
tenebrosa matriz. El ecoar de nuestras voces y pasos hace desprenderse tro-
zos de roca quebradiza, como si fuesen frágiles cristales. Recomiendo silen-
cio y exijo aplacar en el sigilo nuestros movimientos.
Al fondo de la caverna, las estalagmitas que parecen brotar del
suelo, forman extraña red de columnas desiguales, entretejiendo un sinfín
de arabescos, como obra de anónimo y fantasioso arquitecto. Logramos
Edmundo Moure
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