ya no intervienen. El resultado es la anarquía. Cada uno actúa según se le
antoja, mientras alguien más fuerte o más hábil no se lo impida. Faltando
normas y voluntad de concierto, la incertidumbre reina por doquier: el
error jurídico, la entropía es máxima. Acertaremos hablando de caos.
“Caos” significa lo mismo que “estado gaseoso”: moléculas en pugna por
escapar. Y ahí tenemos el poder difuso, las dispersas individualidades que
se tantean unas a otras en conato de diferenciación y esforzándose por
predominar, porque, de suyo, no son iguales. El conjunto revela transito-
ria insociabilidad y se muestra muy inestable. Si el área de expansión care-
ciera de lindes, un “¡sálvese quien pueda!” señalaría la dispersión y, exis-
tiendo recursos, la guerra de todos contra todos tendría como remedio la
distancia.
Por desgracia, el espacio constriñe. Los recursos escasean pronto. La
competencia y los conflictos se recrudecen. La fuerza, la astucia, el talen-
to y todos los grandes factores de diferenciación deciden la lucha. Al final,
se asienta una supremacía de hecho y se va recobrando el ritmo coopera-
tivo habitual. La entropía inicia un retroceso y aumentan las expectativas
de supervivencia y bienestar.
¿En qué condiciones podría estabilizarse la coexistencia en anarquía?
¡Sólo en dos, a lo que parece! Con una población estacionaria y conteni-
da, en un territorio muy vasto; o mediante la observancia masiva de los
compromisos condicionantes de la cooperación, en una especie de socie-
dad entre santos. En esta segunda hipótesis sería evidente que la entropía
habría alcanzado el mínimo nivel... En resumidas cuentas: Con reglas éti-
cas y técnicas respetadas con escrupulosidad quedaría satisfactoriamente
distribuído el poder. Mejor dicho, no sería siquiera necesario el poder polí-
tico. ¡Que lástima que todos los hombres no sean santos y sabios!”
(17)
.
José Lois Estévez
22
17) Lois:
Una justa distribución del poder
, cit. 143.