gallega de los que estos indianos fueron, en
buena medida responsables.
Y estos cambios no eran bien recibidos por los
poderes tradicionales. El clero denunciaba la
descristianización, los políticos del sistema cla-
maban contra la penetración de ideas disolven-
tes, los señoritos de casino y holganza se reían de
las mozas y mozos de aldea que, arrinconando
fajas, polainas y dengues, embutían sus robustos
cuerpos en ropas a la moda. Castro López de
escandalizaba de los nuevos hábitos y no se pri-
vaba de ridiculizarlos:
“Desde los primeros años de la emigración se han
transformado grandemente las costumbres públi-
cas y privadas de las aldeas de Galicia y esta trans-
formación, en cuanto a la mayoría de la gente
joven, se ha verificado y sigue desarrollándose con
tendencias a la voluptuosidad y al libertinaje desa-
pareciendo, poco a poco, aquel candor y sencillez
que antes eran tan característicos en nuestros jóve-
nes campesinos, debido a la facilidad con que asi-
milan los usos y costumbres introducidos por los
convecinos regresados de América”.
Los culpables, para Castro López, tenían un
nombre: Habaneros.
“Gran parte de éstos (habaneros) con lo que ganan
en América compran un traje cursi y elegante que
los convierte en un carnaval viviente. Y así, oron-
dos y “currutacos”, vuelven a sus pueblos a levan-
tar cátedras y actuar de dómines, iniciando no
pocas veces y continuándola, con escándalo de las
gentes, una campaña inicua contra los sacerdotes y
la religión, usos, buenas costumbres y veneradas
tradiciones de los pueblos... Los inmigrantes intro-
dujeron entre los habitantes de este país la manía
de reformarlo todo, aunque sea con desdoro de las
leyes del buen sentido”
30
.
Castro López no fue el único. Figuras próceres
del nacionalismo gallego se sumaron a estas crí-
ticas. Castelao, por ejemplo, desde la amable iro-
nía de sus dibujos o Vicente Risco desde enjui-
ciamientos más duros.
de libros de láminas y catálogos diversos donde
aparecían planos y alzados que eran remedados
por contratistas y maestros de obras. En estas
construcciones se superponían ojivas con ele-
mentos propios del
art déco
; tejados de pizarra
con mansardas y torrecillas con miradores, el
cot-
tage
inglés con el
chalet
suizo en un enfebrecido
eclecticismo lleno de referencias a la arquitectu-
ra culta europea que dejaba atónitos a los paisa-
nos, poco acostumbrados a tales suntuosidades.
Hay un modelo de casa indiana muy frecuente
en Asturias y también en Galicia que describe de
esta manera Covadonga Álvarez-Quintana:
“Se trata de una nueva casa-cubo de generalizada
cubierta a dos o cuatro aguas bajo la que se ubica
una tipología muy específica de buhardilla perfec-
tamente habitable y visible al exterior a través de
un prominente cuerpo central que alberga un
amplio vano de acristalado también a veces confi-
gurado como una pequeña galería y que, muy
curiosamente, rompe en ocasiones la misma línea
de aleros de la fachada principal que lo alberga”.
Obviamente, la adscripción de la casa indiana a
un determinado estilo y volumen edificado tiene
que ver más con el nivel económico y cultural
del cliente que con el técnico del profesional
aunque éste impusiera limitaciones. En cual-
quier caso la residencia del emigrante retornado
se configura como una arquitectura de prestigio,
en franca competencia con las sedes tradiciona-
les del poder rural, el pazo, el ayuntamiento o la
iglesia, presentando un marcado carácter dife-
renciador sobre el resto de las construcciones
con las que convive. Si en su momento esta
arquitectura resultaba casi una agresión al entor-
no al que se desfiguraba parcialmente con la
introducción de flora exótica en los jardines pri-
vados, no es menos cierto que, eximida de peca-
do por la mucho más contaminante, visualmen-
te hablando, que se levantó decenios después,
aparece hoy ante nuestros ojos como un inapre-
ciable patrimonio arquitectónico testigo de una
época de cambios profundos en la sociedad
Casas de indianos
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30 Ramón Castro López:
La emigración en Galicia
. Tip. El Noroeste. A Coruña, 1923.