Un lucense lidera un programa educativo para presos argentinos

Jesús Meilán, de Mós, funda una ONG para educar en prisiones.

Listen to this page using ReadSpeaker
En estos últimos años una decena de alumnos ha logrado terminar sus estudios universitarios y otros muchos han comprendido que hay vida después de la cárcel.
En estos últimos años una decena de alumnos ha logrado terminar sus estudios universitarios y otros muchos han comprendido que hay vida después de la cárcel.

Jesús Meilán Gallego (San Xiao de Mos -Castro de Rei- 1956) tomó conciencia desde su más tierna infancia de los problemas que se aparejan a la pobreza. Hijo de una humilde familia arrendataria tuvo que emigrar a la casa de unos parientes argentinos después del fallecimiento de su padre.

En su país de acogida estudió Derecho, se convirtió en asesor de Seguridad de la Municipalidad de La Plata y fundó un próspero despacho de abogados. En su trabajo como penalista entró en contacto con la dura realidad carcelaria del país y decidió que había más trabajo que hacer. Junto a Juan Scaloni decidió implicarse de manera directa en la problemática del delito y sus consecuencias y fundar la ONG La grieta por donde se asoma la palabra, una organización altruista que ha logrado llevar la universidad al interior de las unidades penitenciarias.

«El cliente del sistema carcelario suele cumplir ciertas condiciones recurrentes. La inmensa mayoría son gente sin recursos ni cultura que se ven empujados al delito por las leyes de este mercado tan cruel», señala. Según explica el lucense, las políticas de ajuste que se han practicado en el país en los últimos tiempos ha aumentado de «manera dramática» la masa crítica de ciudadanos y ciudadanas que están a «un soplo de cometer su primer delito». La falta de cultura es una constante entre la población de riesgo. «La práctica totalidad de los internos son analfabetos funcionales», se lamenta.

Los más pequeños y las más pequeñas de la casa no están excluidos de esta rueda de destino macabra y la pobreza vuelve a ser el catalizador del desastre. «Aquí las crisis son cíclicas; son un elemento recurrente de conmoción de la economía que suceden cada 10 o 15 años y esto provoca que cada vez más gente se vea fuera del sistema. Hay que pensar que hay familias que ya viven su tercera generación consecutiva de exclusión laboral y esto es insostenible».

Las niñas y los niños no son ajenos a este escenario de miseria estructural. «El primer contacto de los menores con el delito suele producirse cuando estos sienten la necesidad de proveerse de artículos de consumo que sus familias no pueden satisfacer». De esta manera, una cazadora, una camiseta del equipo local o unas zapatillas deportivas de marca se convierten en la puerta de entrada al submundo de la delincuencia. «Son víctimas dobles de la falta de recursos y la histeria consumista de esta sociedad», añade.

736 lecturas